COMENTARIO
Al redactarse el libro de Jeremías, se incluyó en el «Libro de la Consolación» esta acción simbólica del profeta (vv. 1-15), que viene completada con una oración suya (vv. 16-25) y la respuesta del Señor (vv. 26-44). Se insiste así en el anuncio de la restauración (cfr 31,38-40) para alimentar la esperanza de los que están en el destierro. Éstos deben tener la certeza de que Dios no los abandona y regresarán a su tierra y vivirán en ella tan felices como en los mejores tiempos, ligados al Señor con una Alianza que permanecerá para siempre.
El año décimo de Sedecías (v. 1) es el 587 a.C. El rey se había rebelado contra el yugo babilónico y las tropas de Nabucodonosor estaban de nuevo a las puertas de Jerusalén dispuestas a propinar un escarmiento ejemplar. La compra de un campo por parte de Jeremías (vv. 1-15), si se tienen en cuenta las circunstancias históricas en las que acontece, muestra la incuestionable fe del profeta. Parece una locura comprar un campo precisamente en esos momentos en los que él estaba preso, y Anatot, su ciudad natal, se encontraba tras las líneas enemigas, en territorio ocupado por los babilonios. Y sin embargo, Jeremías lo compró no porque lo exigiese la ley del rescate de una propiedad (cfr nota a Rt 2,18-23; 4,1-12), sino porque entendió que el Señor así se lo pedía (vv. 6-8). Simbolizaba con ello el resurgir y la prosperidad de la región y, por tanto, la esperanza del regreso del destierro (vv. 13-15). El relato proporciona detalles de interés histórico sobre el modo de realizar contratos de compra–venta en aquellos tiempos, mediante documentos dobles, uno sellado y otro, envolviendo el primero, abierto para su lectura (vv. 9-12). Es la primera vez que aparece mencionado Baruc, de quien se da el nombre completo (v. 12).
Aunque Jeremías realiza lo que el Señor le pide (v. 16), no acaba de entender del todo el significado de la acción y por eso se dirige a Dios en oración ante el inminente peligro (vv. 17-25). La respuesta del Señor le confirma lo que ya le había dicho: el Señor es Señor de la historia, y los babilonios son un instrumento en sus manos —«Yo voy a entregar» (v. 28)— para corregir la infidelidad de Judá (vv. 27-35; cfr nota a 7,21-8,3). El castigo no implicará, sin embargo, una destrucción definitiva, sino que después de él volverá la paz y la normalidad (vv. 42-44). La regeneración será total (vv. 36-41; cfr 31,31-34).
En las circunstancias concretas de este caso la compra realizada por Jeremías es un testimonio de su esperanza. Aunque en un breve plazo fuera inminente la caída de Jerusalén, con una nueva deportación de sus habitantes, como penitencia por los pecados de Judá, llegaría un momento en que sería habitada de nuevo por el pueblo de Dios, reunido desde todos los confines de la tierra. El Señor hará con ellos una Nueva Alianza y se establecerán de nuevo en su tierra, tendrán propiedades y retornará la felicidad. Esta asistencia permanente y providencial de Dios era el fundamento de la esperanza veterotestamentaria. «Por los profetas, Dios forma a su pueblo en la esperanza de la salvación, en la espera de una Alianza nueva y eterna destinada a todos los hombres (cfr Is 2,2-4), y que será grabada en los corazones (cfr Jr 31,31-34; Hb 10,16). Los profetas anuncian una redención radical del pueblo de Dios, la purificación de todas sus infidelidades (cfr Ez 36), una salvación que incluirá a todas las naciones (cfr Is 49,5-6; 53,11). Serán sobre todo los pobres y los humildes del Señor (cfr So 2,3) quienes mantendrán esta esperanza» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 64). Por eso, el cristiano también puede alimentar su esperanza con la seguridad de que Dios seguirá cuidando de él: «Con la claridad de Dios en el entendimiento, que parece inactivo, nos resulta indudable que, si el Creador cuida de todos —incluso de sus enemigos—, ¡cuánto más cuidará de sus amigos! Nos convencemos de que no hay mal, ni contradicción, que no vengan para bien: así se asientan con más firmeza, en nuestro espíritu, la alegría y la paz, que ningún motivo humano podrá arrancarnos» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 305).
El Evangelio de Mateo combina unas palabras no literales de Za 11,12-13 (ver nota a Za 11,4-17) con las alusiones a la compra del campo (vv. 6-15) y la visita de Jeremías al alfarero (cfr 18,2-3) para mostrar que se cumplieron las Escrituras cuando las autoridades de los judíos compraron con el dinero de la traición de Judas el Campo del Alfarero (Mt 27,3-10).